Siempre los cabimeros fueron, de alguna forma, señalados por hablar de otra manera al común. Y por tal condición Alfred convivió con la extrañeza en su mismo país.
Cabimas es más del doble de Zárate en cuanto a su cantidad de habitantes pero ocho veces más rica al estar rodeada de veinte empresas petroleras. Allí, el “sueño venezolano” es trabajar y vivir un presente de estabilidad económica en una de estas empresas.
Si bien la universidad venezolana, para algunas carreras, es aún pública; el sistema educativo superior está debilitado por el desfinanciamiento y la particular situación económica, política y social de ese país. Tales circunstancias predispone a los estudiantes a iniciar una carrera dificultosa es pos de obtener un título y mantener la cursada. Similar a lo que ocurre en Argentina.
Aún así, la expectativa de muchas familias es que su hijo estudie y trabaje en el sector petrolero. Y la familia de Alfred Salas le pudo dar al joven las condiciones necesarias para que pueda obtener el título de Técnico Superior en Producción Industrial.
Es que cada joven alrededor del Lago Maracaibo se prepara para trabajar con el petróleo. Los que logran estudiar una carrera universitaria llegan a ganar, con el título debajo del brazo, entre 7 mil y 12 mil dólares al mes. Al cabo de cinco años pueden llegar a comprar su casa y tener un autito.
Entonces Alfred no improvisó nada, decidió seguir la ola familiar, la costumbre generacional de trabajar en la industria del petróleo.
Sin embargo cuando se disponía a estudiar Ingeniería Industrial todo cambió.
Promediaba el año 2015 y se acercaba la gran crisis venezolana del 2016, con la caída abrupta del precio del petróleo. En retrospectiva, evaluó que en menos de ocho años la situación económica de Venezuela cayó en picada, un profesional de la industria petrolera ganaba un mínimo de 10 mil dólares al mes y pasó a cobrar 700 dólares al mes en 2016/ 2017. “La situación de Venezuela venía en ebullición desde el 2014 y en el 2016 terminó por explotar definitivamente”, recordó Alfred.


Inflación, desabastecimiento, desocupación, caída de los precios del petróleo, de las expropiaciones; restricciones del control de cambio de la moneda, endeudamiento público, corrupción, desfinanciamiento y un bloqueo comercial internacional generaron un camino irreversible.
Comenzando el anteúltimo año de la carrera de Ingeniería, Alfred se cruzó a un amigo suyo ya recibido. Era el chofer del taxi. “¿Cómo llegaste acá? ¿Qué haces manejando?”, le preguntó Alfred sobresaltado. “Es que ganaba sólo 500 dólares al mes y el taxi me da más”, le respondió su amigo, Ingeniero Industrial.
La indignación fue poderosa en ese momento y Alfred abandonó la facultad. Sentía que era una pérdida de tiempo si iba a terminar manejando un taxi.
Hoy tiene 38 años y lamenta que amigos y familiares de su generación, de entre 30 y 40, están todos fuera del país. “A muchos no les quedó otra que quedarse allá, expuestos a la miseria, a un proceso de empobrecimiento generalizado en donde no importa si tenés título o no. Los familiares de muchos de ellos vendieron auto y otras cosas para comprarle un pasaje a su hijo o hija y que se fuera de allí. Todo en un marco de marginalidad y violencia social ascendente”, comentó con tristeza.
Alfred recuerda que le dispararon con un arma de fuego en dos oportunidades, en ocasión de robo. Mamó la violencia de las calles, de las pandillas, a diario. Y hasta fue víctima de una extorsión telefónica de un convicto que lo amenazó de muerte si no le entregaba una suma de dinero en dólares importante. “Y si no te matamos a vos, le va a pasar algo a alguno de tus familiares”, me dijo. “Y pasaba. No eran amenazas vacías. Conozco muchos casos en donde la extorsión termina en homicidio. Así de peligrosa y de extrema fue la situación que viví en mi propio país, en mi propia ciudad. Cada vez más marginal y empobrecida, donde el trabajo no valía, la vida no valía y todos se preocupaban por sobrevivir con nada. Pero yo no quería eso. Si bien nunca me faltó nada de chico, no me preparé para ser pobre. Siempre quiero más y el estudio me gusta, tengo facilidad y me gusta aprender cosas nuevas”, destacó.
Con este espíritu de experimentar cosas nuevas, aprender y embarcarse en nuevos territorios desconocidos, encontró el hábito de cortarse él mismo el pelo, y así se fue metiendo de a poco en el oficio, de manera autogestiva, y a través de tutoriales de You Tube. Un primo le dio una lista de materiales a comprar y así se fue equipando con tijeras y otros objetos de corte. Así todo se fue cerrando. Imposible de ver un futuro a corto plazo vinculado al sector industrial; se focalizó en un nuevo oficio.
Un día Alfred se convenció de que era bueno en eso y de que tal oficio podía ser su principal medio de subsistencia.

“El amasijo de un gran sueño”
La situación social, económica y política no daba para más en Venezuela para Alfred y su pareja. Ella también profesional, abogada y politóloga. Entonces tomaron la decisión de emigrar, asustados principalmente por los hechos de violencia y desanimados por no poder prosperar laboral y profesionalmente. Descartados los países centrales como Estados Unidos y Canadá por carecer ellos de una Visa y de ciertos requisitos para ser inmigrantes; armaron una lista de 3 países para vivir y empezar de cero. Panamá, Chile y Argentina. En ese orden de prioridades.
Finalmente se decidieron por Argentina por varias ventajas comparativas; primero porque se hablaba de “vos”, luego porque vivía una prima de su mujer viviendo en una ciudad de la provincia de Buenos Aires llamada Zárate. Y esa ciudad se encontraba en una zona industrial y económica rica y porque tenía los cuatro climas bien marcados. Pero algo los hizo dudar, en Cabimas había cuatro Mc Donalds. En Zárate ninguno. Cómo podía darse una situación tan contradictoria en una zona industrial donde el sistema capitalista pega de lleno.
El visitante
El miedo más grande es la deportación para alguien que vive en un país extranjero. Luego está el desarraigo que aflora en sentimientos de melancolía y tristeza. Pero atento a un abanico de posibilidades laborales y al afán de progresar, Alfred se reprogramó mentalmente, una vez más, para adaptarse lo más rápido posible.
No obstante, reconoce que nunca se ha sentido discriminado por la comunidad local. Claro que debió adaptarse a nuevas palabras, nuevas formas de relacionarse y al lechón frío para Navidad. “La adaptación no fue fácil. Mi pareja de ese entonces era la que lloraba y yo hacía de tripas, corazón. Particularmente no quise trabajar en fábrica, en horarios rotativos, para que ella no se quede sola. Vinimos con mucho miedo de Venezuela y nos habían advertido que en la provincia de Buenos Aires, cerca a Capital Federal, también había hechos delictivos. Así que ella comenzó a buscar trabajo y yo comencé a intentar trabajar en alguna peluquería, profundizando en mi oficio elegido”, recordó.
“Una vez decidí acompañar a mi pareja a una entrevista laboral en el Centro y yo me quedé en la plaza Mitre. Sentado en un banco. Y me habré quedado casi dos horas allí. Habré mirado a la cara a unas mil personas. Las miraba, veía su fisonomía, su pelo, su cara. Vi mucha calvicie en mi ojo agudo de peluquero. Y nadie me saludó. Entonces tal situación hizo que comience un debate interno. Cómo voy a lograr aquí que confíen en mí, conseguir clientes para la peluquería. Entonces me reprogramé mentalmente otra vez. Para venir aquí me habían prestado dinero y tenía una deuda de 2 mil dólares. O sea que tenía que devolver esa plata y no tenía dinero para regresar. Fue uno de los momentos más complicados, de mayores inseguridades. No tenía nada pero tampoco nada que perder”.
Patria al hombro
Alfred vio que los lunes las peluquerías no abrían. Entonces le propuso al primer empleador que tuvo de abrir los lunes a las 8 de la mañana. Que le permitiera otorgar algunos turnos los lunes y luego los martes, cuando todas abrían a las 10 de la mañana, que le dejara otorgar turnos tempranos, para las 8 de la mañana. Era probar algo nuevo y, si rendía, lo podrían establecer como nuevo hábito. A partir de esa oportunidad, todo fue en ascenso y conforme a las mejores expectativas mentales de Alfred. La clientela fue subiendo y en el 2019 logró tener capacidad de ahorro. Hasta que cayó la pandemia y debió reformularse modos de trabajo, nuevas estrategias de seguir respondiendo a los clientes y readaptarse a una situación impensada, transformando su casa en un su lugar de trabajo.
Zamba de resurrección
La energía de vivir y sostenerse en un nuevo país socavó su relación de pareja y se separó de su compañera venezolana. Por lo que fue un nuevo reinicio en su vida. Volvió a abrir un local a la calle, en Brown 159 y así resurgió. Regresó a atender clientes propios en un local y a generarse, con los codos, un reconocimiento en el mundo profesional del corte.
Ahora lo hace en su estudio de Bolívar 846, donde tiene proyecciones de ampliar su local y de extender las actividades de su salón. Parte de su clientela son otros venezolanos pero muchos zarateños. Si bien no posee mucho tiempo de sociabilización y vida social fuera de su trabajo y su familia, aguarda esos turnos semanales con sus compatriotas para charlar. En esos momentos, su ayudante argentino en la peluquería pasa a ser el extranjero.
Sé vos
“El conformismo lo perdí totalmente. Sé que necesito vacaciones pero yo vine con un propósito a Argentina que fue tener mejores oportunidades para progresar económicamente; posibilidades económicas que no encontré en mi país. Pero en el medio, hay que ser fuerte cuando se extraña, cuando las cosas no salen como uno quiere o tardan más de lo previsto. Pero hay algo clave que siempre aconsejo a todos los venezolanos que me preguntan por Argentina o mi experiencia, hay que elegir un oficio, una profesión y estudiarlo bien antes de viajar a otro lugar. Algo que te guste. Y luego te tiene que gustar trabajar de eso. Después armar una estrategia, proyectar, adaptarse al cambio, al mercado. Claro, es más fácil venirse con 50 mil dólares en el bolsillo a la Argentina o con un título que aquí sea válido y trabajar; aunque nadie garantiza nada. Y a la gente que me pregunta por el desarraigo les sugiero que no se vuelvan, que no regresen rápido. Que dejen pasar un tiempo porque al cabo de cierto tiempo, regresa la cordura. Al principio son todas emociones que nublan el motivo por el cual uno ha tomado esa decisión. Hay que estar dispuesto a asumir ese compromiso y a adaptarse al cambio”; reflexiona Alfred, paciente, sentado en la sala de espera de su peluquería.
Desde Cabimas al Paraná sin paradas intermedias. La historia de Alfred es una de las tantas formas misteriosas en las cuales el habla y los modismos en la comunicación cotidiana configuran destinos.
Eligió Argentina porque se hablaba de “vos”, Zárate por la oportunidad económica a pesar de no tener Mcdonalds y pudo reprogramarse mentalmente varias veces para no ser su propio enemigo, aún en el desarraigo más profundo de estar sentado en un banco de plaza a 7747 kilómetros de donde nació.
Es obstinado, equilibrado, perseverante y corta el pelo como los dioses.
Su instagram es @alfred.barbero Y define lo que hace como: “detalle, perfección mezclado con arte”.










